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Los laberintos de la fe

Publicado: 2015-03-31

En la víspera de cualquier día del año, sea de guardar o no, hay algún lugar del mundo donde en nombre de Dios todo queda en cenizas. Una tromba de extremismos, basados supuestamente en alguna fe, marca el mundo contemporáneo a sangre, fuego y a veces a cuchillo, con una falta de piedad que quizás llega a estremecer los cielos.

Eso es el Estado Islámico (EI), que acaba de lapidar a una pareja por tener relaciones extramatrimoniales, y de decapitar a ocho musulmanes chiítas. O el Ejército de Resistencia del Señor, del cruelmente famoso Joseph Kony (contra quien se hizo una campaña mundial en el 2012), que fusiona una delirante lectura de la Biblia con cultos sincréticos.

Están en Oriente Medio, en África, en el Asia Central, en América, en Europa, en Oceanía. Nuestra especie, siempre lista para desbordarse, ha poblado todos los territorios religiosos con estas huestes, como para que no haya exclusividad en esta Babel violenta de creencias que nos rodea. Ni la senda abierta por Sidarta Gautama ha escapado a esta impronta.

En Sri Lanka se suceden, no con poca frecuencia, ataques de monjes budistas fanáticos contra templos cristianos. Todo esto viene a cuento, por supuesto, debido a que estos días, como todos los años, Jerusalén y otros lugares llamados ‘santos’ convocarán a miles de fieles del catolicismo y otras corrientes que tienen al Evangelio como su texto supremo.

Pero también porque el propio pulso cultural y político de las sociedades actuales está fuertemente influido por la impronta de minorías religiosas dislocadas. El asunto no es nuevo, es milenario; solo que en los últimos años se ha hecho tan pesado y notorio que cabe preguntarse si la palabra ‘paz’ es algo que realmente vertebra a algunos credos.

Hay grados de delirio, ciertamente. A veces no se mata; solo se excomulga o se marcha a grito tendido. Pero vista la situación, tal vez sea el tiempo de preguntarse si las cruces, candelabros, medias lunas o túnicas no necesitan sacudirse, reinventarse, para que las religiones dejen de proveer sustento ideológico a bribones y extremistas.

El Papa Francisco marchará estos días con una cruz. Y lo mismo harán patriarcas y pastores. Será conmovedor, si se recuerda que quien comenzó esa historia sí parece haber sido un hombre de paz. Pero como una vez dijo el Abate Pierre, un hombre de fe “más que creyente, debe ser creíble”, algo muy escaso en este tiempo de niebla espiritual.

Publicado en 'Meditamundo' el 31/3/2015


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


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Un blog de Ramiro Escobar